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Hábitos de vida sedentaria

Conceptualización

El sedentarismo y los hábitos asociados —obesidad, inactividad física y uso problemático de las tecnologías de la información y la comunicación— constituyen una de las grandes dianas de la promoción de la salud contemporánea. Pate, O'Neill y Lobelo (2008)1 definen el comportamiento sedentario como «la participación en actividades con un gasto de energía bajo» y que «puede incluir actividades como acostarse, jugar en el ordenador y mirar televisión». Nelson y Gordon-Larsen (2006)2 añaden que los adolescentes sedentarios tienen más probabilidades de estar expuestos a riesgos para la salud que los adolescentes que realizan actividades físicas o deportes.

Este tema reúne tres bloques temáticamente próximos pero conceptualmente distintos —obesidad, actividad física y TIC— porque comparten un mismo sustrato: la inactividad y el consumo pasivo característicos de las sociedades industrializadas.

Obesidad y salud

Origen multifactorial de la obesidad

La obesidad es un problema relativamente reciente, propio de las sociedades industrializadas y de prevalencia creciente. Es un problema del mundo desarrollado y tiene un origen multicausal:

  • Predisposición genética o enfermedad.
  • Cultura.
  • Patrones familiares de alimentación.
  • Carencia de modelos positivos.
  • Estilo de vida individual.
  • Sedentarismo.

Concepto y medida: IMC

El Índice de Quetelet o Índice de Masa Corporal (IMC) es el cociente entre el peso en kilogramos y la talla en metros al cuadrado. Constituye una estimación de la relación estaturoponderal del individuo y se emplea, en la práctica clínica, para definir las condiciones de sobrepeso, obesidad o delgadez.

Se considera obesidad cuando el IMC supera 30 kg/m² —«condición clínica que se define como excesivo peso corporal a expensas del cúmulo de tejido adiposo blanco»— y obesidad mórbida, grado extremo de exceso de peso, cuando el IMC supera 40 kg/m².

Balance energético y mecanismos de regulación del peso

El peso es el resultado del balance básico entre las calorías ingeridas y el gasto energético, modulado por la proporción de grasas, hidratos y proteínas de la dieta, el efecto termogénico de los alimentos, la velocidad del tránsito intestinal, el nivel de actividad física, la velocidad de la actividad metabólica y ciertas diferencias genéticas. Sin embargo, el organismo dispone de un sistema de regulación que limita la capacidad de ganar peso y, más aún, de perderlo.

El experimento clásico de Keys, Brozek, Henschel, Mickelsen y Taylor (1950)3 documenta el efecto suelo de las dietas: el incremento de restricciones calóricas que se requiere para seguir perdiendo peso es cada vez mayor, y una dieta que produce una disminución rápida del peso irá seguida de una recuperación aún más rápida. Sims (1976)4 documentó el efecto simétrico —el efecto techo de la sobrealimentación—: el cuerpo tiende a obstaculizar también las subidas rápidas y extremas. De ambos experimentos surge el concepto de punto de ajuste o setpoint (Keesey, 1980)5:

  • Si hay dieta severa y se pierde peso rápidamente, el metabolismo se desacelera para reducir la necesidad calórica y se reduce la actividad física para incrementar la conservación de la energía.
  • Si hay exceso de ingesta, se incrementa la velocidad del metabolismo para mantener el peso.

En consecuencia, el peso de una persona equivale a las calorías que consume menos su gasto energético.

Cálculo del gasto energético

Gasto energeˊtico total=Gasto en reposo+Actividad fıˊsica+Efecto termogeˊnico de los alimentos\text{Gasto energético total} = \text{Gasto en reposo} + \text{Actividad física} + \text{Efecto termogénico de los alimentos}

El gasto basal en reposo se calcula con la ecuación propuesta por la OMS según sexo, edad y peso. Después se multiplica por un factor de actividad según el nivel general (reposo 1,2; leve 1,3; ligero 1,5-1,6; moderado 1,6-1,7; intenso 1,9-2,1; muy intenso 2,2-2,4). Niveles de referencia:

  • Leve: actividades sentadas o de pie (oficinistas, estudiantes, jubilados, maestros, secretarios).
  • Ligera: actividades cotidianas (caminar, golf, hostelería, agricultores, carpinteros).
  • Moderada: footing, ciclismo, tenis, esquiar, bailar, mineros, trabajos forestales.
  • Intensa: trabajos muy pesados y deporte profesional (leñadores, herreros).

Obesidad como factor de riesgo

La obesidad es factor de riesgo de enfermedades cardiovasculares, problemas de vesícula, infarto de miocardio y trombosis, diabetes tipo II y mortandad asociada, muerte prematura y de algunos tipos de cáncer (colon, mama). Las oscilaciones en el peso —dietas yoyó— pueden ser más peligrosas que la propia obesidad, llevando a desarrollar cardiopatía isquémica y los cánceres asociados a la obesidad.

Insatisfacción con el cuerpo y presión sociocultural

El embellecimiento corporal ha sido una constante histórica, pero en la sociedad actual la necesidad de «dar buena imagen» invade todos los ámbitos cotidianos —alimentación, vestimenta, ejercicio, maquillaje, cirugía estética—. Se culpabiliza a la persona por su gordura, dando por sentado que alcanzar el peso ideal es cuestión de voluntad; el lenguaje connotativo convierte el «estar gordo» en categoría de insulto. A ello se suma el lobby industrial de la delgadez y la publicidad que amplifica el miedo al sobrepeso, creando imágenes audiovisuales perfectas de cuerpos imperfectos para inducir malestar y consumo.

Factores conductuales y psicosociales relacionados con la dieta

Las barreras y facilitadores de una dieta saludable se organizan en cuatro planos:

  • Cognitivos: falsas creencias y percepciones erróneas, baja autoeficacia/autoestima, actitudes negativas (barreras) frente a percepción de vulnerabilidad a la enfermedad, creencias sobre riesgos, autoeficacia/autoestima y actitudes positivas (facilitadores).
  • Emocionales: estrés, depresión y ansiedad como barreras.
  • Conductuales: refuerzo positivo de la comida rápida (barrera) frente a tener una enfermedad y patrones de comportamiento saludables en el entorno familiar (facilitadores).
  • Sociales: soledad y falta de apoyo social (barreras) frente a apoyo social y recomendaciones del profesional de la salud (facilitadores).
  • Otros: precio de los alimentos, tiempo de preparación, dificultades económicas y trabajo sedentario (barreras); educación nutricional (facilitador).

Promoción de una alimentación saludable

«La dieta y la nutrición adecuadas son fundamentales para promover y mantener la buena salud a lo largo de la vida» (OMS, 2003). Las normas básicas para una alimentación saludable son:

  • Mantener horarios regulares para las comidas.
  • Comer despacio, masticar y saborear bien los alimentos.
  • Comer poco, no repetir plato y no picar.
  • Conseguir un reparto adecuado de la ingesta calórica a lo largo del día para favorecer el trabajo metabólico y mantener glucemia estable.
  • Hacer 4 comidas al día con reparto 30 % desayuno / 25 % comida / 15 % merienda / 30 % cena.

Trastornos de la conducta alimentaria

La OMS postula que los trastornos alimentarios representan el problema de salud más importante de la humanidad por el número de personas afectadas y las muertes que ocasionan. Los principales son:

  • Vigorexia: obsesión patológica por un cuerpo perfecto y musculado; tiempo libre dedicado al ejercicio anaeróbico, uso de fármacos y dietas hiperproteicas.
  • Ortorexia: obsesión patológica por la comida biológicamente pura; la preocupación excesiva por la comida sana se convierte en el principal objetivo vital.
  • Anorexia nerviosa: importante reducción de la ingesta que lleva a un peso corporal inapropiadamente bajo, intenso miedo a ganar peso y autoevaluación excesivamente centrada en la forma física. Es uno de los trastornos más graves en niñas y mujeres jóvenes por su resistencia al tratamiento y su mortalidad; mortalidad superior al 15 % (Zipfel et al., 2002)6 y prevalencia entre el 0,5 % y el 3,7 % (pico de incidencia a los 15 años).
  • Bulimia nerviosa: terror a engordar o subir de peso y falta de autocontrol en la alimentación. Los pacientes sufren atracones —ingesta en corto espacio de tiempo de cantidades superiores a lo habitual, con sensación de pérdida de control— seguidos de culpabilidad y conductas compensatorias inapropiadas (provocación del vómito, uso excesivo de laxantes y diuréticos, periodos de ayuno).

Los factores de riesgo se agrupan en tres bloques:

  • Individuales: falta de autonomía, baja autoestima, tendencia al perfeccionismo.
  • Familiares: escasa comunicación entre los miembros de la familia, incapacidad para solucionar conflictos, sobreprotección de los padres, sobreestimación del cuidado de la imagen externa, antecedentes de trastornos psicológicos.
  • Sociales: fomento de la delgadez y excesivo culto al cuerpo.

Prevención de los TCA

La prevención se apoya en mensajes a familias y adolescentes orientados a pautas que indirectamente protegen del trastorno:

  • Establecer hábitos alimentarios sanos.
  • Realizar al menos una comida en familia al día.
  • Hacer ejercicio físico regular.
  • Facilitar la comunicación familiar.
  • Evitar conversaciones insistentes sobre alimentación e imagen corporal.
  • Evitar bromas y desaprobaciones sobre el cuerpo, el peso o la forma de comer.
  • No dar demasiada importancia a la apariencia física.
  • Valorar el desarrollo personal y no la perfección.

Actividad física y salud

Estilo de vida sedentario y conceptos básicos

Conviene distinguir tres conceptos que en ocasiones se utilizan como sinónimos:

  • Actividad física: cualquier movimiento del cuerpo que produce gasto de energía (lo contrario al sedentarismo).
  • Ejercicio físico: algo planeado para mejorar la salud y la forma física a través de movimientos corporales concretos.
  • Educación Física: marco curricular vinculado a la adquisición de competencias relacionadas con la salud, hábitos responsables de actividad física regular y actitudes críticas ante prácticas no saludables (Ley Orgánica 8/2013).

Fisiológicamente se distinguen dos tipos básicos de ejercicio físico:

  • Ejercicio aeróbico: incremento sustancial del consumo de oxígeno durante un período amplio; es el más saludable por su notable beneficio cardiorrespiratorio. Para que sea beneficioso hay que considerar intensidad, frecuencia y duración.
  • Ejercicio anaeróbico: estallidos cortos e intensos de energía sin incremento en el consumo de oxígeno.

Beneficios del ejercicio físico

La práctica regular de ejercicio físico moderado es elemento fundamental en la prevención de las enfermedades crónicas más frecuentes. Sus beneficios operan en dos planos:

A nivel físico

  • Prevención de la obesidad.
  • Mejora de la salud cardiovascular.
  • Prevención de distintos tipos de cáncer (colon, próstata, pulmón, mama).
  • Prevención de la osteoporosis.
  • Control de la diabetes tipo II y disminución de la mortandad en la tipo I.

A nivel psicológico —mediado biológicamente—

  • El aumento de la temperatura corporal debido al ejercicio tiene efectos tranquilizantes.
  • El ejercicio regular facilita la adaptación al estrés al aumentar la actividad de la adrenalina y nuestra tolerancia a ella.
  • La reducción del potencial de actividad muscular al descansar tras el ejercicio ayuda a liberar tensión.
  • El ejercicio aumenta la neurotransmisión de noradrenalina, serotonina y dopamina, mejorando el estado de ánimo.
  • Libera agentes químicos endógenos sintetizados en la glándula pituitaria que aumentan los sentimientos de bienestar.

A nivel psicológico —mediado psicológicamente—

  • Un buen estado físico proporciona sensación de dominio, control y autosuficiencia.
  • El ejercicio funciona como forma de meditación que desencadena un estado de conciencia más equilibrado y relajado.
  • Funciona como biofeedback que enseña a regular el propio arousal autonómico.
  • Aporta distracción, diversión y momentos libres de cogniciones, emociones y conductas no placenteras.

Beneficios de la actividad física

Se ha asociado con resultados positivos en:

  • Capacidad funcional (Warburton, Nicol y Bredin, 2006) y resistencia (Johnson, 2015).
  • Menor probabilidad de desarrollar ansiedad, depresión (Eime et al., 2013; Jewett et al., 2014) y estrés (Ussher et al., 2003).
  • Mejor estado de ánimo (Taylor, 2000), mejora de los aspectos emocionales y la confianza en uno mismo (Samarasinghe et al., 2017) y mayor rendimiento académico (Yeung, 2015).

La realidad de la práctica en la adolescencia

En la adolescencia se produce una disminución de la práctica de actividad física y deportiva (Gil et al., 2012; Amado et al., 2012), con mayor tasa de deserción en mujeres (Isorna, Ruiz y Rial, 2013). Diversos estudios señalan que la práctica de actividad física actúa como factor de protección frente a estilos de vida poco saludables como el consumo de tabaco (Martinsen y Sundgot-Borgen, 2014; Roberts et al., 2012), aunque paradójicamente otros estudios la asocian con un mayor riesgo de consumo de tabaco (Pate et al., 2000).

Perspectiva de resultado y perspectiva de proceso

Se distinguen dos enfoques de la promoción del ejercicio:

  • Perspectiva de resultado: la actividad física se entiende como medio para mejorar la salud. Defiende un modelo de promoción preocupado por prescribir la dosis adecuada que genere beneficios (Pérez-Samaniego, 2014)7. Desde una comprensión holística de la salud como bienestar, esta perspectiva resulta parcial y restrictiva, desnaturalizando la esencia de la práctica físico-deportiva (Abarca-Sos et al., 2015).
  • Perspectiva de proceso: la actividad física es concebida como experiencia personal y práctica sociocultural, ampliando la consideración hacia la promoción de estilos de vida activos (Sallis et al., 2006)8. Cobra importancia el propio proceso de práctica, incorporando su carácter social y experiencial para favorecer el bienestar de personas, comunidades y medio ambiente (Pérez-Samaniego y Devís-Devís, 2003). Lo que se pretende es promover una actividad física integrada en la vida cotidiana a través de comunidades, centros escolares e instalaciones seguras (Coalition for Active Living, 2010).

Estrategias para la promoción de la actividad física

  • Apoyo social.
  • Automonitorización.
  • Promoción del ejercicio en la escuela.
  • Campañas en los medios de comunicación.
  • Nuevas tecnologías (wearables, aplicaciones).

Tecnologías de la información y la comunicación

Estado de la cuestión y signos de uso problemático

Las TIC engloban Internet, redes sociales, móvil, videojuegos y juegos/apuestas online. Los signos de una posible adicción —comunes a Internet, móvil y redes sociales— son numerosos:

  • Mentiras sobre el tiempo de conexión.
  • Intentos fallidos de controlar el uso de Internet o móvil.
  • Pérdida de control en el tiempo y frecuencia de conexión, pérdida de la noción del tiempo.
  • Uso de Internet/móvil como vía de escape o desahogo y fuente principal de placer.
  • Preocupación y ansiedad excesiva por no poder conectarse e irritabilidad manifiesta.
  • Poner en peligro relaciones, actividades, estudios.
  • Uso excesivo y continuado a pesar de conocer los problemas derivados.
  • Pérdida de interés por hobbies y actividades previas gratificantes.
  • Euforia o activación anómala cuando se está navegando.
  • Tolerancia: necesidad de incrementar la cantidad de tiempo de conexión.
  • Quejas de terceros por el tiempo empleado en la red.
  • Pensamientos obsesivos.

Encuadre nosológico: DSM-5, CIE-11 y PIU

La American Psychiatric Association sostiene que no se puede hablar todavía de «adicción a Internet» como tal. El DSM-5 (2013) sólo recoge:

  • Internet Gaming Disorder —Trastorno de Juego en Internet, juegos de internet sin apuestas de dinero— en la Sección III (en estudio).
  • Trastorno de juego o juego patológico —si incluye apuestas— dentro de «Trastornos no relacionados con sustancias», a su vez dentro de «Trastornos adictivos y relacionados con sustancias».

La CIE-11 (2019) de la OMS sí incorpora:

  • Trastorno por uso de videojuegos (Gaming Disorder).
  • Trastorno por apuestas (Gambling Disorder), reconocido por la OMS desde 1980.

Por ello se recomienda hablar de Uso Problemático de Internet (PIU), ya recogido en la Estrategia Nacional sobre Adicciones 2017-2024, que dedica un eje específico a las adicciones sin sustancia o comportamentales —juegos de apuesta presencial y online, videojuegos y otras adicciones a través de nuevas tecnologías—.

Prevalencia del uso problemático de Internet

Según la escala CIUS (Compulsive Internet Use Scale, 14 ítems, punto de corte ≥28), el 20,5 % de los estudiantes de 14-18 años hace un uso problemático de Internet, con 25,9 % en chicas frente a 15,3 % en chicos y prevalencia creciente con la edad (datos ESTUDES 2023). La OEDA estima que el 16,3 % de los adolescentes haría un uso problemático (21,8 % entre 14-18 años). El riesgo es mayor entre chicas, entre los 14-16 años, en núcleos urbanos, centros privados y especialmente cuando los progenitores no supervisan el uso.

Los riesgos demostrados incluyen problemas de sueño y disminución del rendimiento escolar (McNicol y Thorsteinsson, 2017), desatención de relaciones familiares y amistades (De la Villa y Suárez, 2016), trastornos emocionales (Han et al., 2017) y cambios en la autoestima y pérdida de control (Echeburúa y Corral, 2010)9.

Adicción a videojuegos (Gaming): escala GASA

Según ESTUDES 2023, el 83,1 % de los adolescentes de 14-18 años jugó a videojuegos en el último año (96,2 % chicos frente al 69,7 % chicas). La Escala de Adicción a Videojuegos para Adolescentes (GASA) —Lemmens et al., 2009; Mehroof y Griffiths, 2010; Irles et al., 2018; Lloret et al., 2018— estima que el 14,5 % de los adolescentes hace un uso problemático de los videojuegos y un 3,7 % presenta síntomas de adicción. Entre quienes juegan todos los días los porcentajes ascienden al 38,9 % y al 12,6 % respectivamente (más del 50 % entre los diarios). El porcentaje de adictos es significativamente mayor en chicos (11,3 %) que en chicas (2,7 %). Algunos videojuegos destacan por su potencial adictivo —Fortnite encabezaría ese ranking—.

Trastorno de juego (Gambling): juego patológico online y presencial

Antiguamente conocido como ludopatía o juego patológico, el Trastorno de Juego (TJ) se incluye actualmente en el DSM-5 bajo la etiqueta de «Trastorno de juego», en el apartado de «Trastornos no relacionados con sustancias» (a su vez dentro de «Trastornos adictivos y relacionados con sustancias»). Se caracteriza por (Jiménez-Murcia et al., 2021)10:

  • Un patrón de conducta de juego problemático que persiste pese a las consecuencias negativas.
  • Necesidad de apostar cada vez con más frecuencia y mayores cantidades de dinero.
  • Gran cantidad de tiempo dedicada a pensar en el juego —reviviendo experiencias pasadas o planificando apuestas futuras—.
  • Problemas en las relaciones cercanas por mentir y ocultar información sobre la conducta o el dinero apostado.
  • Graves consecuencias psicológicas y económicas.
  • Puede ser online o presencial, estratégico o no estratégico.

Según ESTUDES 2023, el 10,7 % de los estudiantes de 14-18 años jugó dinero online en el último año (17,1 % chicos frente al 4,3 % chicas). Los juegos más prevalentes son apuestas deportivas, casinos online, eSports y criptomonedas.

Diversos estudios (Brunelle et al., 2012; Wood y Williams, 2011; Griffiths et al., 2009) muestran mayores niveles de riesgo entre los jugadores online que entre los presenciales. La aparición temprana de la conducta de juego es factor de riesgo importante para el rápido desarrollo del TJ (Castrén et al., 2013; Jiménez-Murcia et al., 2009; Lorains et al., 2011).

Estudios internacionales (Wong y So, 2014; Lee et al., 2014; Floros et al., 2015; Canale et al., 2016; González-Roz et al., 2017; Gambling Commission, 2018; Giralt et al., 2018) sitúan la prevalencia de juego problemático en adolescentes entre el 1 % y el 8 % —en España, alrededor del 1,2 % con un 4 % adicional de alto riesgo (González-Roz et al., 2017)—. Los jugadores online presentan tasas hasta cinco veces superiores a los presenciales (Canale et al., 2016: 4 % vs. 21,9 %).

Problemas asociados al uso abusivo

  • Uso abusivo y posible adicción: acceso a contenidos peligrosos, sexistas o racistas, conflictos familiares y escolares, menor rendimiento escolar, ciberacoso y violencia filioparental.
  • Aislamiento social: deterioro del estilo de vida, sedentarismo, alteración de pautas de alimentación y sueño, ansiedad, depresión, ideación suicida.
  • Aumento de la ludopatía.
  • Prácticas de riesgo y nuevas formas de delito: cyberbullying, sexting y sextorsión, grooming, suplantación de identidad, uso sin permiso de datos personales. El sexting, el ciberacoso y la sextorsión son más frecuentes en chicos y se concentran entre los 14-16 años; el contacto con identidades ficticias afecta más a los 9-11 años.

El aumento del sedentarismo y el aislamiento, la distorsión de la socialización, la alteración de las pautas de sueño y alimentación, la focalización atencional, la pérdida de interés y la ansiedad e irritación por permanecer conectado se asemejan a la experiencia asociada al consumo problemático de drogas (Echeburúa y Corral, 2010; Griffiths, 2005).

Relación entre PIU y consumo de sustancias

La adicción a Internet y el consumo de sustancias están muy relacionadas: las tasas de «consumidores de riesgo» se triplican entre los Usuarios Problemáticos de Internet (Colpe et al., 2017):

Patrón de consumoPIU positivoPIU negativo
AUDIT (alcohol)38,1 %15,8 %
CAST (cannabis)7 %2,9 %
CRAFFT (drogas en general)39,4 %13,3 %

Estrategias preventivas en entornos educativos y familiares

La prevención integral del uso problemático de las TIC se articula como una gran pirámide con tres niveles solidarios:

  • Sociedad (base): normas y leyes, recursos, información, formación, medios de comunicación.
  • Padres y educadores (centro, «la gran asignatura pendiente»): tiempo (preocuparse y pre-ocuparse), comunicación, normas y límites, educación en valores, autonomía y responsabilidad (habilidades de vida), gestión de emociones y predicar con el ejemplo.
  • Jóvenes (vértice): destinatarios finales de guías, protocolos, intervenciones en centros educativos y modelos como el SBIRT (Screening, Brief Intervention, and Referral to Treatment).

A nivel individual, la prevención persigue construir una armadura preventiva que combine autoestima, asertividad, ocio y tiempo libre, responsabilidad, impulsividad bien regulada, empatía, autonomía, normas y límites y expectativas. Tres ejes operativos:

  1. Educar en el uso responsable de Internet y las TIC.
  2. Apostar por la educación en valores y habilidades de vida: herramientas transversales eficaces para prevenir consumo de alcohol y sustancias, adicciones sin sustancia, uso problemático de Internet, acoso y ciberacoso.
  3. Huir de la «miopía digital»: competencias digitales sí, competencias humanas más.

Referencias

Footnotes

  1. Pate, R. R., O'Neill, J. R. y Lobelo, F. (2008). The evolving definition of "sedentary". Exercise and Sport Sciences Reviews, 36(4), 173-178. https://doi.org/10.1097/JES.0b013e3181877d1a

  2. Nelson, M. C. y Gordon-Larsen, P. (2006). Physical activity and sedentary behavior patterns are associated with selected adolescent health risk behaviors. Pediatrics, 117(4), 1281-1290. https://doi.org/10.1542/peds.2005-1692

  3. Keys, A., Brozek, J., Henschel, A., Mickelsen, O. y Taylor, H. L. (1950). The biology of human starvation. University of Minnesota Press.

  4. Sims, E. A. H. (1976). Experimental obesity, dietary-induced thermogenesis, and their clinical implications. Clinics in Endocrinology and Metabolism, 5(2), 377-395. https://doi.org/10.1016/S0300-595X(76)80027-1

  5. Keesey, R. E. (1980). A set-point analysis of the regulation of body weight. En A. J. Stunkard (Ed.), Obesity (pp. 144-165). W. B. Saunders.

  6. Zipfel, S., Löwe, B., Reas, D. L., Deter, H. C. y Herzog, W. (2002). Long-term prognosis in anorexia nervosa: Lessons from a 21-year follow-up study. The Lancet, 355(9205), 721-722. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(99)05363-5

  7. Pérez-Samaniego, V. (2014). La promoción de la actividad física relacionada con la salud. La perspectiva de proceso y de resultado. Revista Internacional de Medicina y Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, (2). https://revistas.uam.es/rimcafd/article/view/6566

  8. Sallis, J. F., Cervero, R. B., Ascher, W., Henderson, K. A., Kraft, M. K. y Kerr, J. (2006). An ecological approach to creating active living communities. Annual Review of Public Health, 27, 297-322. https://doi.org/10.1146/annurev.publhealth.27.021405.102100

  9. Echeburúa, E. y Corral, P. de (2010). Adicción a las nuevas tecnologías y a las redes sociales en jóvenes: Un nuevo reto. Adicciones, 22(2), 91-95. https://doi.org/10.20882/adicciones.196

  10. Jiménez-Murcia, S., Granero, R., Fernández-Aranda, F. y Menchón, J. M. (2021). Comparison of gambling profiles based on strategic versus non-strategic preferences. Current Opinion in Behavioral Sciences, 31, 13-20. https://doi.org/10.1016/j.cobeha.2019.09.001